05 d’octubre, 2011

La socialdemocracia en la encrucijada europea


Desde su fundación en 1957, mediante el Tratado de Roma, de la Comunidad Económica Europea, antecedente de la Unión Europea, el espacio común de los países que han ido adhiriéndose a este proyecto transnacional, se ha convertido en un espejo en que mirar las relaciones internacionales, en el marco de la convivencia, las libertades y el progreso económico.

La Europa de Schuman, Adenauer, Monnet i De Gasperi. Una Europa que surgía de las cenizas de una guerra principalmente luchada en sus fronteras y entre países vecinos, y que se proponía establecer un marco primariamente libre de aranceles, facilitador del intercambio comercial, en aras de un crecimiento económico conjunto que de manera paralela a todos países miembros, ofreciera a estos la posibilidad de beneficiarse del progreso común.

“In varietate concordia” (Unida en la diversidad) es el lema de la Unión Europea. Lema que refleja claramente cuál es la filosofía que subyace en la organización de estados. Con la incorporación de nuevos miembros, ya sea Gran Bretaña en los 70, Grecia, España y Portugal en los años 80, y los países nórdicos de tradición política socialdemócrata en los 90, la Unión evolucionó hacia una institución donde la solidaridad entre estados ricos y no tan ricos, la libre circulación de personas, mercancías y capitales, la voluntad de crear una política exterior común y la unión monetaria fueron forjándose a través de tratados (Acta Única, Maastricht, Amsterdam, luego vendrían Niza y Lisboa) que hoy día ya están en la memoria de todos como puntos de referencia del proyecto político común.

Es la Europa donde se suceden grandes e ilustres europeístas como Delors, González, Kohl, Miterrand y otros líderes nacionales europeos cuyo europeísmo ha sido, en algún caso débil, en otros casos ineficaz o interrumpido, y en otros, abiertamente contraproducente. Entre los primeros Blair o Santer, entre los segundos Prodi, Jospin o Schroeder, y entre los terceros, el propio Aznar o Berlusconi. La Unión Europea, entre 2004 y 2007, en puertas de una todavía no prevista crisis económica mundial se vio ampliada hacia los países bálticos y del este.

La Unión Europea que está asumiendo e intentando coordinar los esfuerzos de la crisis, es una Unión desorientada, con índices de participación electoral cada vez más escasos, con un distanciamiento evidente entre la población y las instituciones y un gran desconocimiento de la arquitectura institucional por parte de la población. También desapego hacia las instituciones que gobiernan un porcentaje muy elevado de nuestras decisiones. Una Europa de liderazgos desconocidos, con duplicidad de funciones  y de hegemonía de los estados nacionales y las instituciones económicas sobre las instituciones políticas europeas.

La Europa de la crisis económica es la Europa de las 4 voces (Herman Van Rompuy presidente del Consejo, Durao Barroso presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker presidente del eurogrupo, y Catherine Aston, “ministra de Exteriores”).

Y la Europa de la crisis es sobre todo la Europa de la preeminencia del Banco central y los líderes nacionales, en este caso mayoritariamente de centro derecha donde predomina un abanico que va desde el euroescepticismo a la aceptación callada pero no proactiva de la Unión. Una Europa sin una clara y rotunda agenda social a la salida de la crisis, donde ha tenido más incidencia Trichet y el BCE que Van Rompuy.

Para la socialdemocracia europea el proyecto europeo es un proyecto vigente, válido, útil e imprescindible para el futuro de los estados miembros. Es necesario para lanzar un mensaje político y social de la validez de un proyecto con más de 60 años de historia y que ha llevado a nuestro continente a las mayores cotas de prosperidad, concordia y solidaridad. De fraternidad.

Esta fraternidad es la que los socialistas europeos hemos de abanderar. La socialdemocracia europea (y nacional en cada estado miembro) ha de vincular definitivamente y de manera rotunda su propio futuro, su ideario político, la salida de la crisis y la pervivencia del modelo social europeo, a un discurso y una acción conjunta que incida en la Unión Europea.

No podemos dejar en manos de los mercados, ni exclusivamente de las instituciones económicas, ni del centro derecha, actualmente políticamente hegemónico, la respuesta a la salida de la crisis.

Es el momento de lanzar un mensaje claro. De la crisis se sale y se sale reforzando la vertiente social y reforzando a Europa. Es el momento de releer los discursos europeos de finales de los 80 y principios de los 90, cuando también Europa ayudó a Alemania en su reunificación. Cuando se construía más Europa.

Es el momento de apostar por Europa. Y hay que hacerlo ahora. Sólo la alianza de la socialdemocracia europea puede afianzar un futuro donde los mercados no dicten las normas. Un futuro con voz propia y fuerte. Donde por ejemplo, se apueste por agencias públicas europeas de calificación, por la lucha contra los paraísos fiscales y el fraude, contra la especulación, por una política económica conjunta, por la emisión de eurobonos, pero también por la solidaridad entre estados miembros. Por el establecimiento de una hoja de ruta de los 27 países de clara vertiente social.

In varietate concordia. Ésta es la encrucijada en que se encuentra el proyecto socialdemócrata europeo.

La más importante de los últimos 20 años y de la que su salida dependerá también el rumbo y la credibilidad del proyecto político que representa la Unión Europea.

Hagámoslo. 

Estamos a tiempo.