09 d’agost, 2007

Betis Centenario

Supongo que muchos ya conocereis mi afición por el Betis, cosa que me convierte en una especie de rara avis, y un oasis entre tanta gente de mi entorno que se declaran hinchas del Barça, del Espanyol, y alguno del Madrid. La verdad es que lo llevo bien, porque el fútbol (que no es el deporte que más me gusta, aquí el ciclismo, el atletismo, y el tenis se lo ponen complicado) para mí no es algo estresante ni una cosa que viva los lunes post partido como un tema de conversación obligado. Tampoco mi humor cambia si mi equipo ha ganado o ha perdido, o si logra fichar al galáctico o al estrellado de turno. Más bien vivo mi afición como algo bonito, disfrutando los poquitos momentos dulces, y "apechugando con los regulares y malos". Al fin y al cabo soy de un equipo que se resigna ante la derrota, como dice el eslogan extraoficial: "viva er betis manque pierda", y, en mi caso, hace tiempo que aprendí a relativizar un deporte que, por otro lado, no sólo está sobrevalorado, sino que supone un agravio comparativo respecto a muchos esforzados deportistas de otras disciplinas, que nunca llegarán a cobrar ni la décima parte de lo que un delantero de 3 al cuarto, de 8 goles la temporada puede ganar durante su carrera. A lo que iba, y es que resulta que buena parte de mi adolescencia, concretamente los años del instituto, del 91 al 94, cuando se forja parte del carácter de una persona, coincidieron con los del dream team (en mi opinión, uno de los mejores equipos que ha jugado con el balón), y en mi clase todo eran amigos desbordados de alegría ante el cuatrienio mágico blaugrana, o merengues escondidos bajo los pupitres. Y en medio estaba yo, el bético de la clase, llevando estoicamente las travesías por la segunda división y las penurias en primera. Así que, o me lo tomaba con filosofía o era un sinvivir!!! Bueno, y todo esto, porque, sin entrar a valorar ni la directiva (ni el polémico consejero delegado), ni al entrenador, ni al equipo de este año, ni los fichajes, ni "ná de ná", sólo quiero felicitar al Real Betis Balomopié porque cumple 100 años. Ya llegó al centenario, y lo celebra jugando esta noche contra el Milán. No importa como juegue, ni si ganará o perderá, posiblemente este año volvamos a sufrir, o tal vez ganemos la copa del Rey como hace dos, qué más da; para mí haga lo que haga siempre será el equipo que me cautivó de pequeñín, con el que me fotografiaba con la camiseta de portero, y que me aportó un pequeño toque especial. Es sólo un juego, y así hay que tomárselo. Yo, para ver deporte del bueno, veo otras cosas.
Saludos.

03 d’agost, 2007

Incendios

Cada año la misma historia. No por repetida deja de ser menos dramática. Desgraciadamente, verano tras verano, y cada vez más en períodos no tan calurosos, los incendios se ceban con la naturaleza. La macabra lotería pirómana se ha cebado con Catalunya, con Galícia, etc, y este año las imágenes más tristes han venido de las Islas Canarias. Creo que es justo expresar mi solidaridad con toda esa gente que ha padecido muy de cerca la sinrazón y violencia de un fuego desbocado. A aquellos que han sufrido daños personales y materiales, a los familiares de los que han perecido por causas vinculadas con los incendios. Ayer, por ejemplo, la hija de un compañero de partido muy querido en Sabadell, Simón Saura, fallecía mientras participaba en las labores de extinción de un nuevo fuego. Mi pésame a Simón y a su família, en estos momentos tan trágicos. Y mi reconocimiento a la labor de todos aquellos que, como su hija, han participado y participan de las labores de extinción de incendios. A veces, como desgraciadamente ha ocurrido ahora, se dejan más que el esfuerzo y su trabajo, llegando a perder la vida.
Las causas de los incendios son variadas, y dicen los expertos que sólo el 10 % es causado por pirómanos desalmados. Dicen que el verdadero drama está en la quema de rastrojos y en los descuidos e imprudencias. Puede que sea verdad. Aunque un fuego, una vez desatado no entiende de autores. Pero lo que sí es cierto es que la alarma social justificada se acentúa cuando es la voluntad de una o varias personas las que ejecutan la macabra operación de prenderle fuego a algo que está vivo y que genera vida. Mi desprecio más absoluto para aquellos que han pasado de jugar con fuego a hacer fuego. Que se investigue siempre, y que se detenga a los culpables. Que caiga sobre ellos el peso de la ley y que cumplan condena por sus actos malvados.
En este siglo XXI, ya es vox populi que nos estamos cargando lentamente nuestro planeta. La acción humana es la causa más importante del cambio climático. Un cambio climático que provoca que cada vez haya más deshielo, que las temperaturas cambien, que España sea cada vez un país con más zonas desérticas cada vez, que hace que los veranos sean cada vez más torridos, y que cuando llueve, lo hace menos pausadamente y más con riadas e inundaciones que se llevan todo por delante. Y eso también está en las causas de que las desgracias lo sean más.
Volviendo a los incendios, recuerdo cuando hace unos 20 años, en Catalunya hubo uno de las grandes catástrofes ecológicas derivadas del fuego. En nuestra família tocó vivirlo de cerca. Aunque no hubo que lamentar daños personales, sí que los hubo materiales y, sobretodo emocionales. Mi infancia y mis mejores y más entrañables recuedos transcurren en una modesta casita de campo que mis tíos tienen en El Pont de Vilumara, en el Bages, cerca de Montserrat. Desde que tengo uso de razón he ido a pasar los fines de semana con mis tíos, primos, mis padres, mi hermana...Allí aprendí a andar en bicicleta, a nadar en una pequeña piscina, aprendí a no tener miedo de la noche, cuando pasábamos horas contemplando las estrellas tumbados en la hierba; allí aprendí a jugar al ajedrez con mi primo mayor, y pasaba el día volando entre juegos y agradables compañías. Un verano oímos por la radio que se había producido un incendio en aquella zona. Quedó todo calcinado. Cuando volvimos a subir al cabo de un par de meses, creo que lloré. No debería tener más de 10 años pero la sola visión de toda la masa forestal convertida en carbón aun la guardo en mi retina. Desde aquél día aun le tengo más aprecio a la naturaleza. Seguimos yendo a pasar los fines de semana. Ahora sin tanta alegría, por la falta de pinos, de animales, por la falta de vida. Sólo el tiempoy el esfuerzo de mucha gente que ha seguido creyendo en la naturaleza ha permitido que ahora aquello, 20 años después comience a parecerse a lo que era antes. Pero 20 son muchos años, para algo que tardó siglos en crearse y que en pocas horas se destruyó.